RAÍCES

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Como cada año por estas fechas, me dedicaré a tocar un poco el tambor y a estar con mi gente. Todo un ritual. Además, este año he decidido quedarme en Calanda toda la Semana Santa y no hacerme la ruta por otros pueblos. Cuelgo una foto de la Rompida del año pasado y copio mi artículo de colaboración para La Comarca. He aparcado en esta ocasión la política y opto por hablar como calandina, bajoaragonesa y tamborilera desde más allá de lo que la memoria me alcanza (aunque reconozco que en los últimos años no participo tan activamente como antes).

 Raíces

La Semana Santa, en los pueblos en los que las túnicas y los redobles se convierten en protagonistas, se vive de diferentes maneras. Más religiosa o pagana, de forma más o menos activa, como visitante expectante, habitante cotidiano o descendiente que anualmente se reencuentra con sus ancestros.  En cualquier caso, una manifestación cultural y social incomparable que forma parte de nuestra identidad colectiva.

Los tambores y bombos en su contexto, en Semana Santa, son lo que son. Una costumbre, la vivas como la vivas. Nada tiene que ver, a mi juicio, con lo que despiertan cuando suenan en otro lugar y tiempo. Confieso que siempre me emociono al escuchar y ver un grupo de tamborileros bajoaragoneses en algún evento fuera del marco habitual.  En esos momentos me doy cuenta de la fuerza que tiene la cultura en la que has crecido. Empatía, afecto, alegría y a veces hasta tímidas lágrimas son, metafóricamente, la expresión del imaginario cordón umbilical que nos mantiene unidos con nuestras raíces, más allá de los años, más allá de la distancia, por encima, incluso, de que puedas o no participar con intensidad en el ritual de la Semana Santa.

Contaba Miguel Franco, en un discurso cargado de afectividad en Samper de Calanda, cómo  había sentido el deber de transmitir a sus sucesores el amor por los tambores y la Semana Santa, cuando su abuelo le dio su tambor como quien otorga un legado cargado de profundidad, de significado y de vínculo con el origen. Me conmovieron sus palabras.

Hoy, cuando contemplo cómo Patricia, con sus 8 meses de vida, sonríe y se afana aporreando su mini-bombo, no puedo dejar de recordar la ilusión con la que mi abuelo me regaló su tambor cuando ya la vejez le pedía descanso.  Supongo que esto radica el valor de una arraigada tradición.

19/03/2008 17:27. Autor: María. Tema: OTRAS REFLEXIONES.

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